Los maestros empiezan a producir. Como resultado de un primer ejercicio, a partir de una imagen fija o disparador, los maestros de Neiva tenían la misión de planificar una posible historia resultante de esta imagen. La profesora Josefina Quintero, de la Institución Educativa Tierra de Promisión, quien tiene ya publicados libros de reflexión pedagógica y de cuentos y además dirige el prestigioso Concurso Departamentalista de Cuento, nos sorprendió con este primer cuento salido de las jornadas de los Clubes de Lectura. Maestros como Josefina convierten los Clubes de Lectura en felices laboratorios donde la literatura es la semilla de muchos sueños felices. Nuestra felicitación y agradecimiento a Josefina.
El
día que no dejaba de llover
Josefina Quintero Murcia
Paula mira fijamente por la ventana
de su casa. No tiene nada que hacer porque llueve mucho, hace frío y las clases
han sido canceladas hasta nueva orden. Presiente que ese día no verá a Esteban,
con su maletín terciado, lleno de ilusiones. El aguacero de la noche anterior provocó
el desbordamiento del río Magdalena, que ahora arrastra con fuerza grandes troncos,
ramas y animales cerca del colegio donde ella estudia. Los dos almendrones y el
mango del patio, azotados por los fuertes vientos, desgajan sus ramas sobre las
cuerdas de la luz de los salones de clase y hacen flotar los cuadernos de
Ciencias Naturales, con el tema del medio ambiente, y los recortes de periódicos sobre las lluvias que
azotan el país.
La
entrada del colegio está cerrada con una cinta de seguridad negra y amarilla
que restringe el paso, pero la directora, junto con varios profesores, esperan
a la Electrificadora. Las cuerdas de la luz se mecen y se juntan por la brisa,
y un chirrido acompañado de destellos hace que los habitantes del sector huyan del
lugar.
Paula
desvía su mirada al escuchar unos gritos. Esteban encabeza el grupo que corre tras un balón.
Paula siente fuertes palpitaciones y curiosidad por saber qué sucede. Por los
andenes vienen algunas de sus amigas. Corren bajo los chorros que caen de los
aleros de los techos, cantando a gritos: “¡Que llueva… que llueva… los
pajaritos cantan…!”.
La
alegría contagia a Paula, que no demora en integrarse al grupo, y con las palmas
de sus manitas en alto juega con el agua, sin importar que su ropa esté mojada.
Es la primera vez que están unidos y hacen lo que quieren en su mundo escolar. Las
horas corren; los profesores esperan. No deja de llover; hace frío, pero Paula, con los treinta y tres compañeros, incluido
Esteban, están allí, aunque ese día no hay clases.
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